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A. SOBRE LA ESTRUCTURA DEL CONCEPTO DE CULPABILIDAD

Cuando FRANK formula su famosa frase «culpabilidad es reprochabilidad» defiende, como sabemos, que el concepto de culpabilidad está compuesto por tres elementos: la imputabilidad; el dolo y la imprudencia; la normalidad de las circunstancias acompañantes (circunstancias que rodean la realización de la conducta delictiva).

Sin embargo, pese a que FRANK se refirió a tres elementos en plano de igualdad, resultaba bastante frecuente encontrar un esquema expositivo que distinguía entre la imputabilidad, considerada presupuesto de la culpabilidad, y los elementos de la reprochabilidad, el elemento intelectual —en el que se analizan los problemas del error de prohibición— y el elemento volitivo — en el que se estudian las causas de inexigibilidad y, especialmente, el estado de necesidad exculpante—.

Todavía hoy se discute, en las concepciones normativas de la culpabilidad, si la imputabilidad es un presupuesto o un elemento de la culpabilidad. Lo verdaderamente importante son los argumentos que latían en la distinción entre imputabilidad y reprochabilidad que, además, podían utilizarse aunque se defendiese un esquema constructivo diferente (ya se los considerase elementos, ya se acudiese a una concepción totalmente distinta —imputación—). Como vamos a ver, el planteamiento material, el planteamiento de fondo, legitimaba toda una comprensión y explicación de la culpabilidad y su exención.

Así, la imputabilidad era concebida como una capacidad general, que iba más allá del caso concreto; en palabras de WELZEL, la capacidad de culpabilidad «existe (o no) de un modo general en la situación concreta con independencia de que el autor actúe o no, de que se comporte jurídica o antijurídicamente». Frente a ello, la conciencia de la antijuridicidad y la ausencia de un estado de necesidad eran cuestiones del caso concreto, de la conducta efectivamente realizada. Una vez más lo expone con claridad WELZEL: «la reprochabilidad se refiere…, a una conducta antijurídica real». De este modo, «como la culpabilidad individual no es otra cosa que la concreción de la capacidad de culpabilidad en relación con el hecho concreto, la reprochabilidad se basa en los mismos elementos concretos cuya concurrencia con carácter general constituye la capacidad de culpabilidad». Claro está que la verdadera relevancia de esa distinción entre lo general y lo concreto va mucho más allá de su armonía constructiva, sistemática. Lo realmente importante radicará en la relación valorativa entre la inimputabilidad y las otras causas de exclusión de la culpabilidad.

La imputabilidad es el ámbito donde se decide la constitución del sujeto cuyos actos pueden ser susceptibles de reproche, esto es, el ámbito donde se decide si estamos ante un igual, ante una persona como nosotros, o ante alguien distinto. De nuevo WELZEL lo expresa con claridad, destacando que considerar a alguien imputable supone «el reconocimiento del otro como tú, como igual, como susceptible de determinación plena de sentido y por ello tan sujeto responsable como yo». El reverso sería la consideración del inimputable como alguien que no es persona (ENGISCH), alguien excluido de la comunidad vital (NOWAKOWSKI), alguien que no es comparable con la persona normal, insistiéndose en que precisamente la diferencia es lo determinante (BOCKELMANN).

Es importante que tengamos en cuenta esta referencia a la anormalidad, a lo patológico, además del carácter general, pues resulta básico en la explicación de las causas de exclusión de la culpabilidad. Así, por mucho que una persona sea capaz, en general, de comprender lo ilícito de su conducta y de actuar conforme a ese conocimiento, puede suceder que, en el caso concreto, no pueda conocer la antijuridicidad (error de prohibición invencible) o no pueda actuar de forma distinta (estado de necesidad exculpante). Frente al carácter patológico, anormal, de las situaciones de inimputabilidad, nos encontramos ahora ante supuestos que pueden sucederle a cualquiera, ante supuestos que, hasta cierto punto, son normales, no en el sentido de que sean frecuentes, sino en el sentido de que pueden sucederle a cualquiera de nosotros. Y así, puede ocurrir que, en el caso concreto, no podamos actuar de otro modo, ya sea porque estamos en un error de prohibición invencible, ya porque estamos en un estado de necesidad exculpante. Se comprende que no se quiera castigar lo que puede sucederle a cualquiera y, en este sentido, que las actuaciones en estado de necesidad exculpante no se consideren exigibles, pues es lo que habría hecho cualquiera (menos los héroes o los santos). ¿Cómo le vamos a reprochar a alguien lo que también haríamos nosotros? ¿Qué sentido tiene censurar lo que haría cualquiera?

La ruptura de este esquema en los años cincuenta tendrá importantes consecuencias en la comprensión de la culpabilidad,más allá de que facilite la comprensión de la imputabilidad como elemento y no como presupuesto de la culpabilidad. Así, la imputabilidad dejará de ser considerada una capacidad general, para concebirse como la capacidad de comprender lo ilícito de la concreta conducta, de la conducta que el sujeto realiza y, además, la capacidad de actuar conforme a ese conocimiento, también en el caso concreto. Esto obligará a replantearse la relación entre la inimputabilidad y las demás causas de exclusión de la culpabilidad.

Las relaciones cambian considerablemente. El elemento intelectual de la imputabilidad (la capacidad de comprender lo ilícito del hecho) coincide con la conciencia de la antijuridicidad, de manera que ¿cuál es el sentido de la distinción entre inimputabilidad y error de prohibición?

La inimputabilidad en caso de imposibilidad de conocer la antijuridicidad de la conducta no es más que un subcaso de error de prohibición, un error de prohibición por determinadas razones (la incapacidad del sujeto por una anomalía mental), lo que obligará a coordinar las regulaciones si difieren (como ocurre, por ejemplo, en Alemania). Igualmente, al decir que el sujeto es imputable sabemos que puede actuar conforme al conocimiento de lo injusto, puesto que se presupone de modo general —si no hay anomalía no hay exclusión de la capacidad de actuar de otro modo—, lo que impide seguir aludiendo en el estado de necesidad exculpante a una imposibilidad de actuar de otro modo. Deberá modificarse el modelo y así se hará: a partir de este momento, muchos autores defenderán que, en el fondo, en el estado de necesidad exculpante hay culpabilidad, solo que es tan escasa que el legislador la perdona. Hay distintas formas de explicar esa disculpa del legislador, pero la misma se convertirá en la explicación dominante en Alemania.

A tenor de la evolución dogmática, hoy día parece preferible considerar a la imputabilidad un elemento más de la reprochabilidad. Incluso podría pensarse en modificar el esquema expositivo y situar en primer lugar los problemas del conocimiento de la ilicitud (BACIGALUPO ZAPATER), algo que, sin embargo, no vamos a hacer, siquiera sea por razones pragmáticas.

B. LOS ELEMENTOS DE LA CULPABILIDAD

Debemos recordar, una vez más, la relación lógica-necesaria entre los elementos del delito. Cada elemento del delito presupone al anterior y es parte del siguiente. De esta manera, la conducta antijurídica es un elemento de la culpabilidad. Es precisamente el objeto del que vamos a predicar la reprochabilidad. En función de los demás elementos de la culpabilidad determinaremos la reprochabilidad de la concreta conducta antijurídica. Es por esto que la mayor o menor gravedad de lo ilícito da lugar a una mayor o menor gravedad de la culpabilidad.

No es esto, sin embargo, lo que nos interesa en este momento. Como decía WELZEL, a la culpabilidad pertenecen todos los elementos del delito previos a ella. Sin embargo, distinguía entre los que solo son elementos de la culpabilidad y los que, además, pertenecen a otros elementos del delito (como el dolo y la imprudencia que son ya elementos de los tipos dolosos e imprudentes respectivamente). En este mismo sentido, aquí vamos a referirnos, únicamente, a los elementos que son solo elementos de la culpabilidad. A los elementos con cuya concurrencia se determina la reprochabilidad individual de la conducta antijurídica.

En primer lugar tenemos la imputabilidad o capacidad de culpabilidad. Para poder reprocharle su conducta a una persona, necesitamos que la misma tenga, en el momento del hecho, un determinado grado de madurez y unas determinadas características psicofísicas (que no padezca una enfermedad o trastorno mental), de manera que podamos afirmar la posibilidad de comprender la ilicitud de su acción u omisión antijurídica y de actuar conforme a esa comprensión. Deberemos ocuparnos de las anomalías o alteraciones psíquicas que puedan excluir cualquiera de dichas capacidades.

En segundo lugar será necesario que el autor hubiese conocido realmente o al menos hubiese podido conocer la ilicitud de su conducta. Nos situaremos en el ámbito de estudio del error sobre la antijuridicidad de la conducta —error de prohibición—, dado que deberemos analizar cuándo podemos decir que una persona conoce lo ilícito de su conducta (objeto, forma, clase y grado de conocimiento), cuándo, pese a no haberlo conocido, podía haberlo conocido (el problema de la vencibilidad del error de prohibición), o en qué medida exime de pena el error de prohibición.

Como tercer elemento aparecen los supuestos de no exigibilidad de obediencia a la norma. Mayoritariamente se hace referencia aquí a que el sujeto no se encuentre en una situación de presión anímica tal que disminuya considerablemente su capacidad de actuar conforme a la norma, planteamiento que solo compartimos de forma muy incidental.

En cualquier caso hay que analizar los supuestos en que determinadas circunstancias —influyan o no en la capacidad de motivación del sujeto — modifican la valoración normal de la conducta, haciendo que no parezca reprochable al no ser exigible una conducta conforme a la norma. Igualmente, no podemos olvidar la importancia del análisis del proceso de motivación concreto, dado que la motivación, al modificar el significado del hecho, resulta asimismo relevante, como demuestra la existencia en nuestro ordenamiento de circunstancias atenuantes y agravantes cuya localización sistemática es la culpabilidad.